La Mulata de Córdoba


Mulata de Córdoba

A la sombra de las hojas verdes de los plátanos, en medio de cafetales y envuelta en el olor a mango, la ciudad de Córdoba vivió la existencia de una mujer hermosa que nunca envejecía. Nadie sabía hija de quien era, su origen o su fin, pero todos la llamaban la Mulata.

Los jóvenes, siempre prendados de su hermosura, se disputaban su corazón, pero a todos desdeñaba. Varios murmuraban que a las doce de la noche, por las rendijas de su casa, resplandecían luces siniestras, concibiendo así, que era una hechicera o bruja que había pactado con el Diablo sus encantos.

Sin embargo, la mujer siempre joven, asistía a los santos sacramentos, a misa y hacía caridades para todo el que le imploraba auxilio; inmensa por sus poderes y belleza, concedía esperanza y respuesta a solteronas, desempleados, ambiciosos y desafortunados.

Dicen, tenía el don de la ubicuidad: en todas partes estaba, en distintos puntos y a la misma hora, la llegaron a encontrar en un cuarto de vecindad, donde escondía el poder del que estaba dotada y algunas veces en una caverna.

Un día fue llevada a la sombría cárcel del Santo Oficio, donde algún admirador se atrevió a defender a la Mulata, diciendo que ella no era bruja ni hechicera, sino más bien dueña de diez barriles de oro en polvo, haciéndola presa por su inmensa fortuna, además de que un desairado, ciego de despecho y al no corresponder su amor, la había denunciado.

La Mulata de Córdoba

Pasaron los años y las hablillas se olvidaron, más el asombro de la ciudad revivió, cuando se rumoró que en el próximo auto de fe, la Mulata saldría a las calles con coroza y vela verde, destinada a caminar llevando ese enorme y pesado capirote en su cabeza como todo delincuente. Empero, el día nunca llegó y el asombro creció desatando las más extraordinarias pero también absurdas explicaciones.

La verdad de los hechos narra que un día, a los ojos del carcelero, la Mulata pintó un navío de carbón en su calabozo, después retando a su inquisidor, preguntó qué le hacía falta al barco, a lo que él le contestó que era perfecto y sólo le faltaba andar, reprochándole que era una desgraciada y que si lo que quería era salvar su alma del infierno debiese arrepentirse de sus faltas. Fue entonces cuando en el poder del demonio y de su amor, ella subió al barco hasta andar y desaparecer.

Tiempo después, un hombre comentó que una noche vio la llegada de un navío que llevaba a una mujer altiva que a todos asombraba, la cual nadie ha vuelto a ver...

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