La Bruja del Mezquital…


La Bruja del Mezquital

Cuenta la leyenda que allá en El Arenal, Hidalgo, cuando la gente a falta de luz eléctrica, se ayudaba para iluminarse de lucecillas de parafina o bien de una lámpara de petróleo, lo que más causaba pánico era la llegada de las brujas, mujeres que succionan sangre a los niños recién nacidos y que, en medio de un ritual dionisiaco, se quitaban las piernas dejándolas en el rescoldo del fogón u hornillas de sus casas para, después, salir por las noches al encuentro de otras mujeres como ellas, entrecruzándose en su vuelo.

Para no ser descubiertas, aterrizaban entre mezquites, transformadas como guajolotes u otros animales, guiadas siempre por el llanto de los recién nacidos y el profundo sueño de los padres. Era muy frecuente ver en la cordillera de los Frailes, cómo bajaban las brujas a grandes saltos por las noches, envueltas en llamaradas, aleteando como guajolotes.

En la época en que se acrecentó la aparición de las brujas, en el valle de Hidalgo, un niño llamado Juan, más maldoso que juguetón, se entero por medio de una plática de adultos, que una lugareña de El Arenal, era bruja. Con mucha cautela, comenzó a seguir los pasos de la señora, a quién de antemano ya se le había visto rondar una humilde casa donde una mujer había dado a luz, delatada por las llamaradas que se dejaban ver a su paso… Ese día, Juan, fue a recoger las piernas de la señora y fue a esconderlas.

Al otro día, en el quicio del zaguán de la casa de Juan, apareció una señora con bastantes años de edad; no podía pararse, permanecía sentada y sus ojos estaban demasiado enrojecidos. Sorprendida la familia y sin saber la travesura del muchacho, le ofreció que pasara y que comiese algo; la señora gustosa aceptó y pidió que la dejaran sola para así poderse arrastrar, pasar la noche ahí y buscar sus piernas.

El muchacho, por pláticas, sabía cómo inmovilizar a la bruja y fue al cuarto que le asignaron a la señora, le cerró la puerta con llave, le puso unas tijeras en cruz y palma bendita; se ofreció, diligentemente, a apoyar a su familia y llevarle de comer a la bruja, quien mientras estaba sentada le clavo alfileres en la falda para que no se pudiera mover; también, le puso bastante sal y agua bendita a su comida, para que no pudiera probar bocado.

Llegada la noche, la bruja tristemente no pudo salir de su habitación. Se vio precisada, al otro día, a sincerarse con la dueña de la casa y madre del muchacho, para que lo obligara a retirarle los alfileres y a devolverle sus piernas, quitándole de igual forma todo lo que el muchacho le había puesto en el cerrojo de la puerta, pues todo ello impedía que pudiera moverse e impulsarse; incluso, difícilmente podía hablar, pues sólo, a similitud de las lechuzas, pronunciaba como canto las palabras: Cucuru, cucuru, cucuru, cucuri.

Enterada la madre y temerosa de que la bruja le causara daño a su hijo, lo obligó a despojarle de todo lo que le había puesto y, por contestación, la bruja le dio a entender que no le pasaría nada al tratarse de un Juancho Bautista... Al otro día, la familia fue a asomarse a la habitación de la señora, encontrándose con que ya no estaba. Sólo yacía intacta la comida y a un lado, una pequeña olla de barro que al parecer tenía vestigios de sangre.

Después de algunos días, se supo que una mujer de edad que vivía solitaria por la cordillera de los cerros, allá, alrededor del mezquital, había fallecido...

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