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Se conserva como un
museo viviente, como una muestra de lo que fueron los emporios de
hace muchos siglos, como una reliquia que se niega a reblandecerse
en sus cimientos…
Procedente de Roma, llegué a Venecia una fresca
mañana de otoño. Salí de la estación del tren y de inmediato mis
sentidos se llenaron con lo que percibieron: los ojos se rebozaron
de canales, góndolas, cúpulas, arte convertido en casas y un cielo
luminoso que rompía la bruma matinal; la piel se encrespó con el
viento ligero y frío que todo lo envolvía; los oídos se saturaron
con el rumor de la ciudad, de murmullos que venían de todos lados,
con el chapalear de los remos al entrar en el agua; los labios
percibieron una sal que flotaba y el olfato se impregnó de aroma de
pescado lozano y húmedo. Desde entonces, siempre que entro a una
pescadería, de inmediato me viene a la mente Venecia.
Sin itinerario y sin prisa, decidí
dejarme llevar por el instinto, y como si hubiera una invisible
estela que flotaba en el aire, seguí los pasos de ese aroma de
pescado que me llevó a un mercado abierto en un puente curvo sobre
un canal. Ahí me impregné de una infinidad de aromas: desde los
pescados plateados que descansaban brillantes sobre los estantes,
hasta frutas desconocidas y yerbas penetrantes, todo envuelto en la
esencia de la laguna que envuelve a esta isla, a donde alcanzan a
llegar los efluvios del Adriático.
Así me adentré en esta legendaria ciudad de Italia, prácticamente
intocada por el tiempo, que se conserva como un museo viviente, como
una muestra de lo que fueron los emporios de hace muchos siglos,
como una reliquia que se niega a reblandecerse en sus cimientos y
morir ahogada, porque fue edificada sobre islotes y agua.
Internarse en los laberintos de Venecia es lanzarse al pasado en
una virtual máquina del tiempo, donde sus balcones pueden traer a la
memoria a Romeo y Julieta, sus plazoletas escondidas nos remiten a
los tiempos de Dante Alighieri y los muros que la protegen recuerdan
los tiempos en que los papas no eran hombres buenos.
Esta es una ciudad sorprendente por
todos lados, emergida del agua y erigida con esfuerzos titánicos,
casi inconcebibles para nuestra época. Baste un ejemplo para
comprender su magnificencia: sus primeros constructores entendieron
que los islotes que habitaban en esta zona de la península italiana,
formados lentamente con la resaca del mar, no eran los
suficientemente fuertes para soportar los edificios que querían
levantar. Ante este problema, antes de iniciar, se hacía
imprescindible llevar a cabo obras de consolidación, basamentos que
pudieran sostener grandes pesos. Así, clavaban estacas sobre las
cuales empotraban, a manera de plataforma, gruesos tablones para,
además, nivelar el terreno.
Tan sólo para la cimentación de la iglesia de la Salute, clavaron
un millón 606,057 estacas de roble, aliso y alerce, de cuatro metros
de largo en promedio. La obra duró casi dos años y dos meses.
Pero la ciudad asombra no sólo por sus inverosímiles cimientos,
sino también por su arquitectura, conformada eclécticamente a través
de los años. Desde sus inicios, y hasta el siglo XIII, fue un centro
de arte y cultura bizantinos, donde la basílica de San Marcos, uno
de los iconos de la urbe, es su máxima expresión con sus arcos
realzados; capiteles decorados con tallas a cincel, elegantes y de
poco relieve; mármoles multicolores y motivos de hojas y figuras
simétricas enfrentadas.
En los siglos XII y XIII apareció el estilo románico, identificado
por el uso del arco de medio punto y gruesos muros. Después, con la
construcción del Palacio Ducal, el más importante edificio público
veneciano, hizo acto de presencia el gótico. En el siglo XV, en
pleno florecimiento del Renacimiento, Venecia se decoró con
estructuras clásicas, estatuas y monumentos elaborados bajo la
innegable influencia de Miguel Ángel. Para el siglo XVII la alcanzó
el barroco, con decoraciones que aprovechaban todas las
posibilidades cromáticas del movimiento y de la luz. El estilo
neoclásico predominó en los siglos XVIII y XIX, dedicado
principalmente a la restauración y conservación de su ya para
entonces invaluable patrimonio artístico.
Venecia se navega y se disfruta
Disfrutar con calma esta ciudad puede tomar muchos días. Pero si
careces de tanto tiempo, no andes con rodeos y dirígete directamente
a su corazón: la Plaza de San Marcos, donde se ubican la Basílica de
San Marcos, que guarda los restos del evangelista; y el Palacio
Ducal.
Después de recorrer ambos edificios, de gozarlos por dentro y
fuera, disfruta también del Campanario, que con sus casi 99 metros,
se eleva muy por encima de todas las construcciones de la ciudad, y
que originalmente fue un faro y una torre de defensa; también,
admira la Torre del Reloj, donde en su cima los Moros de bronce
hacen sonar cada hora sus metales. Frente al mar, como enmarcando la
entrada a la plaza, se levantan dos columnas monolíticas donde
descansan el León alado de San Marcos y la estatua de San Teodoro,
ambos símbolos de Venecia.
En el sitio también se encuentran la
Loggeta, la Biblioteca, y los museos Arqueológico y Correr.
Al concluir este recorrido, que lleva varias horas, lo mejor es
tomar un descanso y beber algo en algunos de los muchos bares, cafés
y restaurantes que tienen sus mesas con sombrillas en plena plaza,
lo cual da la oportunidad de volver a recrearte en las fachadas de
los edificios, observar en su conjunto la explanada habitada por
palomas y reposar los ojos en el agua que circunda la metrópoli.
El día debe continuar contratando una góndola, que tiene las puntas
chatas para poder navegar en aguas poco profundas, y transitar por
los canales de esta ciudad que, a falta de calles pavimentadas, se
comunica por líquidas carreteras que dan la oportunidad de ir
descubriendo su belleza, que la envuelve por todos lados. Con
detenimiento hay que ir mirando los frentes de las casas y los
palacios, que son muchos, y la decoración de los puentes, como el de
Los Suspiros, uno de los más famosos.
También hay que darse tiempo para visitar sus galerías donde se
guardan verdaderos tesoros, y sus otras iglesias donde aguardan al
viajero más maravillas.
Venecia significa romance, es vagar
llevado por el ritmo del remo del gondolero mientras se disfruta un
buen vino y se escucha música de la región; es también leyenda y
como tal, es fascinante, ya que al pasar por cada puente o transitar
por sus callejuelas, parecen surgir nuevamente fábulas renacentistas
que emergen de sus canales; éstos son famosos y su fama es bien
ganada, ya que surcarlos puede ser más que una experiencia un sueño
incomparable que dure toda la vida.
Venecia, claro está, es cultura, es gastronomía, es arte sobre todo
pero aún más, es una tradición para el viajero internacional, que no
puede dejar de haber pasado por esta ciudad que asemeja un lienzo
que se mueve al vaivén de sus aguas. Creditos:
Texto: Gustavo Armenta |