Cartagena

Ciudad de tesoros y piratas


Por Laura Lazzarino
Cartagena de Indias

El mismo mar que antaño fue puerta libre de piratas y conquistadores sigue flanqueando el horizonte, sólo que la antigua Cartagena ya no se agazapa esperando el ataque. Por el contrario, la fortificación más completa de América del Sur se ha vuelto símbolo del turismo colombiano y le ha valido a la ciudad la distinción de Patrimonio de la Humanidad desde 1984.

Fuera de los muros del pequeño aeropuerto, el calor sofoca con furia. El mar está cerca, se percibe en el aire, pero no se siente ni un halo de brisa. “Bienvenida a la ciudad más linda del mundo”, me dice el taxista, mientras examina mi reacción por el espejo retrovisor.  Probablemente, el hombre jamás haya ido más allá de Bogotá. Sus palabras, sin embargo, iluminan mi sonrisa justo en el momento en que la robusta muralla se despliega ante mis ojos con total elegancia. Entonces sé que he llegado Cartagena…

Ciudad amurallada

Fundada en 1533 por Pedro Heredia, la ciudad fue de los puertos más importantes de América en manos de los españoles, y codiciada por las potencias enemigas. Podría decirse que de un modo u otro sus calles siguen siendo asediadas por foráneos ansiosos, aunque no son ya piratas los que anhelan conquistar Cartagena.

Me alojo en Getsemaní, el área donde vivían los esclavos menos afortunados y los trabajadores del puerto. Este será mi punto estratégico para disfrutar de la ciudad. No he llegado aún al corazón de Cartagena, pero los colores y la magia ya se sienten en el aire. En contraposición con la estática impronta de la ciudad amurallada, que se esfuerza por conservar su ancla en el tiempo, Getsemaní late al ritmo de la cotidianeidad de su gente y su tradición. Cruzando la avenida junto al  Muelle de los Pegasos me topo con la Torre del Reloj, construida en 1704 y considerada como símbolo de la ciudad. La que antaño supo ser la entrada principal a los recintos de la muralla, sigue siendo el acceso más importante al casco histórico.

Cartagena de Indias

Serpenteantes arterias de finos balcones

Aunque la ciudad ha crecido notoriamente desde su fundación, este sector sigue manteniendo buena parte de su apariencia original y atravesar los muros equivale a dar un salto en el tiempo. Desde allí, como finas arterias serpenteantes, las estrechas calles se extienden por los barrios del Centro y San Diego,  donde habitaban nobles, sacerdotes y burgueses.

Aunque muchas de las antiguas residencias funcionan hoy como hoteles o comercios, es posible admirar los detalles arquitectónicos que conforman la riqueza de la ciudad: balcones y tribunas de madera, vigas finamente trabajadas, y ornamentados aldabones que decoran las puertas. La exquisitez, sin embargo, pude apreciarla días más tarde realizando un paseo a pie en compañía de un guía local. Supe así, por ejemplo, que las aldabas eran una manera de diferenciar las clases sociales: según el animal, el tamaño y los detalles de cada una, podía saberse a qué estrato pertenecía la familia y cuál era su actividad principal. Pero no toda la estampa se concentra a la altura de los ojos. Mirar al cielo es una constante tentación incitada por los finos balcones y sus macetas colgantes. Y he aquí otro detalle peculiar: cada techo de teja culmina en una pieza puntiaguda que se erige filosa hacia el cielo. Este artilugio de los tiempos de la Inquisición buscaba evitar que las brujas se sentaran a confabular contra las buenas familias católicas.

Tradición  a cada paso

La presencia religiosa de la época colonial se evidencia también en las iglesias que se distribuyen dentro y fuera del casco histórico. A pocos metros de la Torre del Reloj, con un campanario que corona la ciudad amurallada, se encuentra la Catedral. Esta imponente construcción data del 1575 y posee una lujosa decoración que incluye altares de mármol y marquesinas bañadas en oro.

Aunque existen recorridos establecidos para los turistas apurados, yo prefiero perderme hacia donde me guíen mis pasos. A lo largo del día, las aceras de la ciudad amurallada se pueblan de vendedores de coco y artesanía. Desfilan también sonrientes palenqueras, mujeres afro-colombianas provenientes de San Basilio del Palenque. Durante la época colonial, los esclavos que lograban huir de la ciudad se establecían en este pueblo, donde vivían bajo sus costumbres. Las mujeres cumplieron un rol fundamental en este éxodo hacia la libertad. Se dice que escondían semillas en sus cabellos para cultivar la nueva tierra, y trazaban mapas en sus peinados, que servían para guiar a los fugitivos.

Muelle de los Pegasos

Muelle de los Pegasos

Fiesta arquitectónica

La fiesta arquitectónica que son las calles de esta ciudad me ayuda a perderme en tiempo y espacio hasta que, finalmente, el cielo se abre. Frente a mí, protegiendo como en tiempos pasados a la floreciente población, la muralla color salmón. Las viejas paredes de piedra coralina fueron construidas por orden del rey Felipe II a finales del XVI tras el ataque de Fancis Drake, famoso pirata inglés, que puso a prueba la vulnerabilidad de la ciudad. El proyecto tardó casi dos siglos en ser llevado a cabo y fue finalizado en 1796, tan sólo veinticinco años antes de la independencia de Colombia. El mismo mar que antaño fue puerta libre de piratas y conquistadores sigue flanqueando el horizonte, sólo que la antigua Cartagena ya no se agazapa esperando el ataque. Por el contrario, la fortificación más completa de América del Sur se ha vuelto símbolo del turismo colombiano y le ha valido a la ciudad la distinción de Patrimonio de la Humanidad desde 1984.

A ritmo de salsa y ron

La noche cae en un hermoso atardecer que se lleva consigo el sol, pero no los colores de la ciudad. Por el contrario, las callejuelas se llenan de bailarines locales que despliegan toda su tradición en espectáculos que se repiten cada noche. Uno puede optar por sentarse a cenar en cualquiera de las decenas de restaurantes que se dispersan en las distintas plazas, beber un jugo natural en uno de los puestos callejeros, o montarse en una chiva parrandera  -una especie de bus multicolor típico de las zonas rurales colombianas - , y pasear por la ciudad al ritmo de la salsa, con ron incluido.

Desde Getsemaní es posible llegar a pie a otro de los atractivos importantes de esta hermosa ciudad. A pocos metros de allí, como vigía atemporal, el Castillo San Felipe Barajas. Este fuerte, junto con el de San Fernando y el complejo de la muralla, conformaban las principales piezas de defensa de la ciudad. Además de recorrer sus pasadizos secretos y sus distintos sectores de vigilancia, sus altas torres ofrecen una vista panorámica de la ciudad que permiten imaginar la temible época de los embates corsarios. Existe también una muralla submarina que impide que naves de alto bordo se acerquen a la ciudad, pero sólo es posible verla desde el aire.

Playas e islas preciosas

El gran protagonista de toda la historia cartagenense es, sin lugar a dudas, el mar. Y ningún viaje a la ciudad está completo sin una visita a sus playas. Dentro de la misma ciudad, el sector de Bocagrande deja de lado el pasado y se alza con servicios internacionales y modernas construcciones que contrastan asombrosamente con el romanticismo colonial de la ciudad amurallada. Aunque el mar aquí no goza de la transparencia de otra época, vale la pena nadar observando la vieja ciudad de Cartagena en la lejanía.

Para completar el recorrido y conocer las islas coralinas de donde se extraía la roca en la época colonial, a tan sólo 25 km. de la ciudad se encuentra El Parque Nacional de las Islas del Rosario. Este archipiélago compuesto por veintisiete islas es un verdadero paraíso natural, donde decido pasar los últimos días de mi viaje disfrutando de las aguas cristalinas y de exquisitos platos de langosta y arroz con coco que cocineras locales preparan a diario con toda sazón.

Mi viaje a Cartagena finalmente termina. El calor sigue siendo tan sofocante como el primer día, pero creo que ya me he acostumbrado. De regreso al aeropuerto no dejo de pensar en aquel  taxista aventurado. Detrás de mí, la muralla se ahoga en un mar de carros que avanzan a paso lento. Yo tampoco conozco el mundo entero, y no he pisado las calles de Bogotá. Me voy, sin embargo, con un sentimiento rotundo que me late en el pecho y en la sonrisa. Me estoy yendo de la ciudad más bella del mundo…

Dónde hospedarse:
Hotel San Roque: Excelente ubicación en el barrio de Getsemaní, cuenta con buenos servicios y atención personalizada.
Hotel Casa Los Puntales: Mezcla el estilo clásico del centro amurallado con la cómoda modernidad de sus instalaciones remodeladas.

Qué comprar: Existe una gran variedad de artesanías colombianas. Entre lo más típico se destacan finas hamacas, sombreros vuelteados, y pequeñas chivas en miniatura. Las esmeraldas también son una buena alternativa. Asegúrate de que cuenten con certificado antes de adquirirlas.

Dónde comer: La ciudad cuenta con una fina gastronomía tanto típica como internacional que incluye desde platos criollos hasta variedades de sushi. No obstante, una buena opción para empaparse de la verdadera cocina tradicional, es probar las frituras de los puestos callejeros. La arepa de huevo y las caramañolas acompañadas de un rico jugo de tomate de árbol, de lulo o de guanábana son una excelente opción.

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