Home - Por el mundo

Riviera de Opatija

Embrujo del Adriático

 


 

Riviera de Opatija

El otoño es la temporada ideal para conocer la bella costa de Croacia y gozar de su tranquilo mar y las espléndidas condiciones climáticas. El paseo de 12 kilómetros a orillas del mar Adriático, que va del diminuto pueblo de Volosko hasta  la villa de Lovran, ofrece bellísimas vistas del Golfo de Kavner y de sus islas.

 

Por Armando Cerra / Fotos Mónica Grimal

La belleza de la costa de Croacia, su tranquilo mar y las espléndidas condiciones climáticas, han convertido al país en un destino vacacional de primer orden en Europa. Sin embargo, durante las fechas veraniegas llega a saturarse de visitantes, por ello, el comienzo del otoño es la temporada ideal para conocer este lugar, en concreto, la Riviera de Opatija.

 

Recorrido por Lungomare

Para quien viaje al mencionado destino es casi obligatorio recorrer el Lungomare, un paseo de unos 12 kilómetros a orillas del mar Adriático, que a lo largo de su trazado serpenteante ofrece bellísimas vistas del Golfo de Kavner y de sus islas.

 

Muelle de Volosko

Muelle de Volosko

El itinerario va desde el diminuto pueblo de Volosko hasta la villa de Lovran. No es obligatorio hacer el camino en una única jornada. De hecho, lo verdaderamente interesante del recorrido es disfrutar de él, es decir, fotografiar sus bellos rincones, darse un chapuzón en el mar para refrescarse, visitar las poblaciones que atraviesa o simplemente pararse a contemplar el paisaje.

 

El magnetismo del lugar hace que la caminata por el Lungomare se convierta en un tranquilo paseo con paradas constantes. La brisa que llega del mar, lo llano del camino y los atractivos de la ruta hacen que la experiencia sea  de lo más placentera. Sobre todo en varios puntos del recorrido donde se producen sensaciones difíciles de describir y de olvidar.

 

Por ejemplo, llegando ya al casco urbano de Opatija, precisamente tras pasar la zona de los exóticos jardines de Villa Angolina, de pronto los caminantes se quedan casi paralizados ante la presencia de la “Muchacha con la Gaviota”, una escultura marmórea que surge de las aguas del mar.

 

Arquitectura de Opatija

Arquitectura de Opatija

La figura nos da la espalda y mira al mar, y como ella, todos los visitantes quedan durante unos minutos petrificados, ebrios con la hermosura de la figura, cuya silueta se recorta sobre las aguas del Adriático. Uno se queda encantado con la paz que trasmite la escena, purificado por la limpieza de las aguas casi cristalinas, como si fuera un mar sin sal. Aguas que invitan a lanzarse a ellas, como antiguamente lo ha hecho el pueblo croata,  gente marinera por definición.

 

Calles de Volosko

Una muestra de ese idilio de Croacia con el Adriático es el pueblo de Volosko. Ahí, las pequeñas casas de la población se apiñan aprovechando cualquier resquicio llano que deja el terreno y sus calles empinadas conducen hacia el puerto pesquero. En torno al puerto, se pueden hallar numerosos restaurantes especializados en los productos del mar. Ahí, tanto la calidad y frescura de sus lubinas, mejillones o mariscos como el saber hacer de su chefs hacen las delicias de los paladares más exigentes.

 

Moceniska Draga

Palacios célebres

Otro ejemplo del estrecho parentesco entre estas poblaciones y el mar se palpa al pasear por las calles de Opatija, la localidad que da nombre a la riviera. En ella todas las casas miran hacia el horizonte marino. Y no son unas casas cualquiera. En muchos casos se trata de palacios del siglo XIX y comienzos del XX que sirvieron de alojamiento a acaudalados personajes de Centroeuropa, entre ellos emperadores austriacos o zares rusos, además de eminencias de la cultura como el compositor de óperas Giacomo Puccini, la prestigiosa bailarina Isadora Duncan o el escritor y dramaturgo Anton Chejov.

 

Hoy, muchos de estos palacios se han transformado en lujosos hoteles, a los que siguen acudiendo personalidades de toda Europa, atraídos por la belleza del lugar, y también por las propiedades sanadoras de los balnearios que hay en Opatija.

 

Lovran

Lovran

De Volosko a Lovran

El paseo por el Lungomare continúa hacia las pequeñas poblaciones de Ika e Icici, para por fin llegar a Lovran, punto final del recorrido, pero inicio de otra experiencia. Desde Lovran se puede tomar una barca para navegar hasta las islas de Krk o de Cres.

 

En la primera de estas islas, la de Krk, se desembarca en la villa de Njivice. Ante los ojos del recién llegado se despliega una playa espléndida. No la típica playa de arenas blancas y palmeras, sino un playa de guijarros rodeada de pinares, donde la calma de la aguas permite zambullirse desde las rocas y bucear entre caballitos de mar, cangrejos y mejillones en las rocas del fondo.

 

Si el recuerdo de Njivice es una inmersión en el Adriático, en el caso de la isla de Cres la experiencia es bien distinta. Más aún ascendiendo hasta la población de Beli, situada en el punto más elevado de la isla. Allí, la inmersión es en el pasado. Se trata de un pueblo anclado en el tiempo, donde el tráfico rodado es imposible y las antiguas viviendas cuentan cada una con su pozo de agua potable para sobrevivir. Sin embargo, las duras condiciones del lugar se ven suavizadas cuando se contempla la panorámica que ofrece: una magnífica visión del cercano continente y de un rosario de islas, grandes y pequeñas, que son la imagen emblemática del litoral croata.

 

Cres

Cres

Krk

Krk

Desde ahí, se puede regresar de nuevo a la Riviera, pero ahora a la población de Moscenika Draga. Este pueblo de orígenes pesqueros tiene una población estable de medio millar de habitantes, que durante los meses del estío se multiplica varias veces, entre otras cosas por ofrecer la posibilidad de bañarse en una de las playas más atractivas de la zona, pero también porque cuando uno llega a Moscenika Draga inmediatamente se siente como en casa.

 

La amabilidad de su gente, la hospitalidad que se recibe en bares y restaurantes es tal, que rápidamente uno queda prendado por el encanto de este rincón del mundo. Puede sonar a tópico, pero aquí es cierto. No es difícil establecer conversación con los lugareños, casi todos ellos pescadores y marineros, que ahora viven del turismo, y que saben hacer que sus huéspedes se sientan a gusto, sin agobiarlos y dejándoles su espacio, tanto que ellos saben apreciar cada una de las sensaciones que están teniendo sus visitantes. Captan la magia que invade al turista, cuando este se sienta en una de la terrazas de los bares del puerto, pide un cerveza y se queda contemplando el atardecer. Ellos saben que ese visitante también ha caído en el embrujo del Adriático.

 

 

Home - Por el mundo