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Pudo ser el punto de partida de
nuestros ancestros hacia el valle de México… quizá su nombre se
hermane con el de los mexicas o bien se relacione con la luna… pero
no hay duda de que este poblado tiene magia, y además, alegría en
los rostros de sus pobladores…
Es difícil
imaginar el sentimiento de Cortés, cuando al llegar al Valle de
Anáhuac vio a lo lejos, espectacular y majestuosa, la gran
Tenochtitlán, que asentada sobre el lago de Texcoco, parecía
flotar sobre sus aguas.
Una forma de entenderlo -guardando todas las proporciones-, es
visitar uno de nuestros Pueblos Mágicos, Mexcaltitlán, ubicado
en la costa de Nayarit. Levantado por sus pobladores primitivos
sobre un islote, en el centro de la laguna del mismo nombre,
este poblado parece desde el aire un asterisco, dibujado sobre
una formación insular de apenas 400 metros de largo por 350 de
ancho. Llegando por tierra, desde Santiago Ixcuintla,
deteniéndonos en la Batanga, que es el embarcadero para pasar a
la isla, Mexcaltitlán pareciera flotar sobre las aguas, y en
tiempos en que se crece el río San Pedro, hasta da la impresión
de estar hundido bajo de ellas. De ahí que sus banquetas sean
tan altas.
Hay quienes aseguran, y esto ha sido motivo de gran polémica entre
historiadores, que este pueblo es la mítica Aztlán, de donde
partieron los mexicas hacia el centro de la república, siguiendo
los designios de su dios Huitzilopochtli, quien les mandó a
encontrar un lugar similar donde fundarían su nueva ciudad. En
realidad, esto carece de bases y sólo se sustenta en que, siendo
Aztlán “lugar de las garzas” y Mexcaltitlán un sitio en donde
por su tipo de ecosistema abundan, se le ha relacionado
históricamente; otro argumento es que Aztlán se encontraba en
Chicomostoc, “lugar de las siete cuevas”, formaciones que
abundan en tierra alrededor del poblado. En todo caso, lo único
cierto es que los fundadores de la capital azteca venían de
occidente, relación que sí tienen con el ahora estado de Nayarit.
El origen toponímico del pueblo está en el vocablo metztli, que
significa “luna”, por lo que se piensa que quiere decir “en la
casa de la luna”.
La gran cantidad no sólo de garzas, sino de otra fauna
característica de los humedales, como jabalíes, zarcetas,
armadillos, conejos, chachalacas y payos pipichines, se debe -al
igual que su vegetación hidrófita representada por mangle
blanco, puyeque y tule-, a que en las aguas circundantes se unen
el agua salobre del Pacífico, y la dulce proveniente de la
desembocadura del río San Pedro, creando un entorno propicio
para el desarrollo de este tipo de biodiversidad.
El pueblo es todo quietud; en sus escasas calles de un interesante
trazo, que le mereció ser nombrado Zona de Monumentos
Históricos, podemos ver a los mexcaltitlecos afuera de sus casa,
abanico o cerveza en mano, con el dejo de quien vive tranquilo,
a puertas abiertas y mano extendida al viajero. En el centro,
bajo sus portales, se encuentra un museo llamado El Origen y la
Casa de la Cultura Luis Castillo de León –poeta originario de
Santiago Ixcuintla-.
Vivir como lo hace este poblado, de la pesca del camarón, es muy
interesante, ya que como en todas las actividades pesqueras,
fluyen las tradiciones, los mitos, las leyendas y un sinfín de
creencias; ejemplo claro es la fiesta del pueblo, que se
conmemora el 29 de junio en honor a San Pedro y San Pablo,
llevándose a cabo una carrera de canoas en la que un grupo
representa al primero de los santos, mientras que el otro
compite por el segundo; dícese que siempre gana San Pedro,
porque San Pablo no es muy benevolente en cuanto a la pesca.
Al visitar Mexcaltitlán, tan mágico como el pueblo mismo es el
sabor de un guiso muy peculiar, el taxtihilli, platillo de
origen prehispánico que se prepara con camarones hechos en
caldo, acompañados de masa, al estilo del más rico mole de olla.
El clima es cálido seco y entre julio y agosto se registran sus
mayores precipitaciones, comúnmente acompañadas de la inundación
del pueblo y el uso de pangas para transportarse por las calles,
al más típico estilo azteca, en una fusión entre veneciana y
tenochtitleca, otro argumento más para aquellos que apoyan la
hipótesis de que este Pueblo Mágico, del que sus atardeceres y
su belleza escénica son un prodigio, fuera aquel punto de
partida del que sería después, el imperio más grande de
mesoamérica.
Ajeno a ese debate, Mexcaltitlán vive a diario su calma que relaja,
y obliga a sentarse frente a la laguna pensando más en el
presente, que ofrece vuelos de blancas aves, cánticos de
guitarras y frescura de brisa que vuela.
Créditos:
Texto:
Eduardo Juárez Cortés |
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