| |

Escultura de ballena gris en el malecón
|
 |
|
Malecón
Álvaro Obregón |
|
La capital
de Baja California Sur lleva en su nombre el sino para quien
quiera reposar durante algunos días, lleno de quietud y
tranquilidad.
Era
imposible ponerle otro nombre. Este es un sitio que se
bautizó a sí mismo porque solamente podía llamarse de esta
manera: La Paz.
La capital del estado peninsular de Baja California Sur se
encuentra en la bahía del mismo nombre: La Paz, y sus aguas
no parecen conocer las olas. Es como un gran estanque en el
que su mar simplemente reposa sobre la arena de la playa.
Mar quieto, mar perezoso, mar dormido, mar catatónico, mar
introvertido, mar manso, mar que llega dócil como un gatito
a lamer la mano del amo.
La inmovilidad del mar le da a toda la ciudad un halo de sosiego,
de extrema calma, de tiempo sin prisa, de vida lenta, de
buena vida, donde los atardeceres se tejen despacio y el
silencio de la quietud abre la puerta del reposo al
espíritu.
Son las dos de la tarde y en la veranda del Carlos & Charlie´s una
pareja de gringos maduros toma una mesa para refrescarse con
la brisa imaginaria que se percibe al aire libre con sólo
mirar el mar del otro lado de la calle. Los observo desde
adentro del restaurante, a través de una antigua puerta, hoy
ventana de piso a techo clausurada por barrotes de metal y
una maceta rectangular que cuelga con una planta despeinada
de largos cabellos de serpentina que buscan el suelo. Piden
unos tragos y con parsimonia revisan la carta con
acuciosidad, como si buscaran descifrar un código secreto
entre las letras. No se hablan por largos minutos, ni se
miran, ni se sugieren, ni comentan, entre sorbo y sorbo cada
uno revisa su menú con sus lentes para leer en la punta de
la nariz, casi inmóviles como las gárgolas de verdes
dragones alados que coronan el arbotante de lámparas
blancas, esféricas como un balón, que tienen a un metro de
distancia.
|
 |
|
Atardecer
frente al mar |
|
Enfrente está la
bahía muda, de aguas serenas que los verán comer con la
calma que aquí todo lo inunda.
Un par de horas después, la pesadez de una buena comida y la magia
de unos tequilas y unas cervezas invitan a cruzar la calle y
caminar el largo y ancho malecón con pasos lentos, con
tranquilidad, con la posibilidad de gozar del mar adormilado
y de escudriñar las esculturas que adornan este paseo.
Ahí, una ballena gris quedó congelada en un brinco fuera del agua.
Unos metros más adelante, una virgen hecha con el ancla de
un enorme barco mira hacia el océano como cuidando a sus
hijos pescadores; una madre delfín le enseña a su pequeño
vástago a nadar en el aire; un profeta barbado con túnica de
bronce y de espaldas al mar, con una concha de caracol en la
mano extendida parece predicar las bondades del océano a
todos los que pasan; un anciano marinero, vestido de
marinerito que tripula un barco de papel como si se lo
hubiera puesto de falda de la que le salen las piernas, se
cuadra frente a la bahía, mostrando respeto y agradecimiento
por todo lo que ese mar le dio a lo largo de su vida. Y así,
uno va recorriendo el cálido malecón, mientras el ocaso se
construye con cielos multicolores que lanzan unos rayos
oblicuos que tiñen de amarillo las bancas blancas de hierro
forjado que esperan a que alguien se siente en ellas para
contemplar ese espectáculo cotidiano. Luces que después
serán rojas y luego marrón hasta que la noche llegue.
|
 |
|
Atardecer en
Pichilingue |
|
Varias parejas
ya llevan rato ocupando algunas de esas bancas contemplando
abrazados el atardecer. Pero unos novios prefirieron
sentarse a la orilla del mar, con los pies hundidos en la
arena, a presenciar cómo en estas tierras el día se muere
sin hacer ruido, dejando que sólo los chillidos esporádicos
de las gaviotas que cruzan de vez en vez rasguen los haces
luminosos que se tienden sobre La Paz antes de que la
oscuridad nocturna los devore.
Llega la noche y es como una campana que suena sin badajo llamando
a los pobladores que de un momento a otro, tal vez para
disfrutar del sereno, atiborran la estrecha banqueta del
otro lado de la playa. Ríos de turistas y paceños deambulan
en compactas familias que llevan a los niños de la mano y un
helado en la otra. Caminan, simplemente caminan mirando los
aparadores mil veces vistos, regodeándose en la noche que
los refresca y protege del severo sol del día que llega a
rebasar los cuarenta grados Celsius en las canículas de
verano.
Entonces es un buen momento para entrar a la tienda de artesanos
donde esperan espectaculares piezas de palo hierro, concha
de abulón, oro y perlas cultivadas, concha marina, cuerno de
toro, barro, madera de huanacaxtle, guamúchil, palo chino o
pico de marlin. En su mayoría son esculturas de animales
hechas con todos estos materiales de la región: colibríes
suspendidos en la nada robando con sus largos picos el
néctar de una flor, búhos, pez dorado, delfines, tortugas y,
por supuesto, ballenas, el icono del lugar.
La Paz en su nombre lleva el sino para quien quiera reposar en unos
días enteros llenos de quietud y tranquilidad. Pero este
ritmo lánguido, que pudiera ser suficiente atractivo para un
agitado citadino, no es todo lo que ofrece. También tiene
mañanas rebosantes de acción en la pesca deportiva de
picudos, dorados y atunes; en el buceo con la inabarcable
riqueza de flora y fauna submarinas que le han dado tanta
fama al Mar de Cortés; con actividades acuáticas en sus
playas, como Balandra o Pichilingue, donde comer bajo una
palapa almeja chocolata viva que se retuerce al bañarla con
gotas de limón, o asada con papel aluminio y rellena de pico
de gallo y queso amarillo rayado resulta una experiencia que
se recordará por siempre; y en los paseos en kayak por los
alrededores para admirar lo que la pródiga naturaleza de la
Península de Baja California ofrece a todos sus visitantes.
|
 |
|
Isla
Espíritu Santo, frente a La Paz |
|
La Paz es una
experiencia aparte, diferente a cualquier otro destino de
sol y playa, porque, al representar el largo brazo de
México, separado casi en su totalidad del continente por el
Golfo de California, sin serlo, se vive con una lógica de
isla, con la paciencia que da la lejanía, con las pausas de
cada tarde, con los lerdos amaneceres, con la parsimonia de
un reloj sin manecillas, con la felicidad que da saber que
la locura irracional de las grandes ciudades está allá, en
lugares remotos, del otro lado del mar.
Así, el visitante puede pasar días de ensueño en sus hoteles y
disfrutar de sus servicios; de paseos hacia la Isla Espíritu
Santo, área protegida de biodiversidad; de excelentes
restaurantes en el malecón y en sí, puede gozar de la paz,
en toda la extensión de la palabra y de sus playas.
Créditos:
Texto: Gustavo Armenta |
|
|